"Regalo de Cumpleaños -II-"
El interior de la construcción de lata ondula estaba oscuro y el calor se acentuaba por una fogata en el centro. Sin sillas ni ventilador ni lámparas, aquella construcción precaria solo cumplía la función de dar sombra. Mis ojos no tardaron en acostumbrarse a la penumbra y el humo. Pude distinguir más personas, todos en iguales atuendos rojo-amarillo, de estatura mediana, quizá un metro setenta. El que me seguía en altura solo me llegaba al hombro. Todos eran de piel morena y curtida por el sol y el frío, lo que le daba una extraña tersidad.
Mi mirada fue atraída por el hombre del centro. Tenía los cabellos negros salpicados de gris, y la barba recortada acentuaba la fuerza y dignidad de su rostro.
El hombre tendió sus manos hacia mi, sonriente. Cuando miré sus ojos negros y aterciopelados tuve una sensación de paz y seguridad absolutas. Creo que tenía el rostro más amable que jamás he visto.
No obstante, mis emociones eran contradictorias. Los rostros tercos y los hombres de pie al fondo, con una especie de afiladas me atemorizaban y, sin embargo, todos tenían una agradable expresión, y un sentimiento de bienestar y amistad parecía impregnar el ambiente. Conseguí controlar mis emociones juzgando mi propia estupidez. Aquello no se parecía ni remotamente a lo que mis padres me anunciaron como “un viaje extraordinario”. Ni ensueños habría podido imaginar una atmósfera tan amenazadora en la que hubiera tanta gente de aspecto amable. Sí mi cámara no hubiese sido consumida por el fuego hubiese podido hacer lindas diapositivas para mi familia y amigos.
Mi inquietud se desvaneció cuando el guía, a quien luego comenzaría a llamar como As, me presentó el grupo. Los hombres se referían al hombre fraternal como Anciano. No era precisamente el más viejo pero sí una suerte de líder.
Desde un costado en el cual no reparé comenzaron a ingresar mujeres. Vestían similar atuendo que los hombres, además de un paño atado a las caderas. Una mujer comenzó a chocar unos palitos y luego otras la siguieron. Los que portaban lanzas comenzar a golpear el suelo con ellas, y algunos daban palmadas que no llegaban a ser aplausos. Todo el grupo empezó a cantar como letanías. Con un ademán de mano me invitaron a sentarme en el suelo. Al terminar una canción se iniciaba otra. Algunas veces una mujer bailaba sola, en otras los hombres bailaban solos, de pronto bailaban en pareja. Estaban compartiendo su historia conmigo.
Lentamente los cantos acabaron y también los bailes. Tan sólo quedó un ritmo muy regular que parecía sincronizado con los latidos de mi corazón. Todos permanecieron inmóviles y en silencio. Miraban a si líder. Éste se puso de pie y se ubico frente a mí, con una sonrisa en los labios. Reinaba una indescriptible atmósfera de armonía. Yo tenía la sensación que lo conocía desde siempre, como a mi padre o algún tío, pero no era cierto, claro.
El líder sacó una bolsita de no que sitio de su ropa. Lo sacudió sobre mi cabeza, lo abrió y dejo caer bolas de incienso. Otros hombres y mujeres marcaban en el suelo donde habían caído. Las recogieron, le líder las volvió en la bolsita y me las pasó. Me puse de pie, mire a As buscando una indicación. Pero nada. Sacudí la bolsa, la abrí y dejé caer el incienso sin controlar nada. Dos hombres midieron con los pies la distancia entre las mías y la del anciano. Murmuraron algo que As ni siquiera intentó traducirme.
Volvieron todos a sentarse en rededor del fuego. El mismo hombre que quemó mis pertenencias me indicó con el dedo que me acercara a la fogata y al igual que antes, me envolvió en un aura de humo sofocante. Volví a tomar asiento y el grupo comenzó a orar durante largos minutos, quizá horas.
De pronto todos de pie. Unas mujeres apagaban el fuego y otras recogían algunas cosas del suelo. Uno a uno salía de la choza de lata. As fue el último y casi al llegar a la puerta regresa y dijo:
- Ven. Nos vamos.
- ¿Adónde vamos? –pregunté.
- De….. (no entendí)
- ¿Adónde?
- De peregrinaje.
- ¡Fantástico!. ¿Cuánto dura esto?
- Aproximadamente tres cambios completos de luna.
- ¿Te refieres a caminar durante tres meses?
- Si, aproximadamente.
Suspiré profundamente intentado velozmente ordenar mis pensamientos. Luego anuncié a As, que permanecía esperándome a unos pasos:
- Bueno. Esto suena muy divertido e interesante, pero verás, no puedo llegar e irme de excursión por tanto tiempo sin antes hacer algunas llamadas, ver el tema del hotel, mandar unos mail, mis remedios para el asma. No puedo llegar y perderme en un país tan extraño sin avisarle siquiera a mis padres.
As me miró y cogió mi hombro.
- Todo esta en orden. Todo el mundo sabrá lo que necesite saber. Mi gente escucho tu grito de auxilio y si alguien hubiese votado en tu contra no te invitarían a este viaje. Te han puesto a prueba y te han aceptado. Es un gran honor que no puedo explicar. Debes vivir la experiencia, es muy importante que lo hagas en esta vida. Es para lo que has nacido. La Divina Unidad ha intervenido, es tu mensaje.
“Ven, síguenos”- dio media vuelta y se alejó caminando.
Yo me quedé ahí parado, mirando el paisaje. Era vasto y desolado, aunque hermoso y parecía durar y durar y durar. Reparé que cuando veníamos en el jeep no había carretera, solo giros y giros y más giros durante horas. No tenía zapatillas, ni agua ni comida. La temperatura de la cordillera más alta del planeta es alta de día y bajísima de noche. Me alegraba haber obtenido todos lo votos en la primera elección que participaba pero ¿mi voto?.
No quería ir. Me pedían que pusiera mi vida en sus manos. ¿Mis padres sabrían de antemano esto?, no logré respuesta. Acababa de conocer a esa gente con la cual ni siquiera podía hablar. ¿Y sí perdía mis cosas en el hotel?. ¡Era una locura! ¡Por supuesto que no podía irme!
Pensé: “Seguro que hay dos partes. Primero juegan aquí, y luego salen y juegan un poco más allá. No irán muy lejos, no tienen comida. Lo peor que podría ocurrirme es que quisieran que pasáramos la noche a la intemperie. Pero no, de solo mirarme sabrían que no busco realizar una hazaña de fe. Soy un tipo formalito al que los padres le regalaron un viaje nada más. Pero –proseguí- puedo hacerlo si es necesario. Me mostraré firme puesto que pagué una noche en el hotelcito. Les diré que debo regresar mañana antes de la hora en que debo dejar la habitación. No voy a pagar una noche más solo por complacer a esta gente estúpida”.
Contemplé al grupo, que seguía caminando y cada vez parecía más pequeño. Cuando más tiempo pasaba pensando en que hacer más se alejaban de mi vista. “De acuerdo Dios, sé que tienes un peculiar sentido del humor, pero esta vez de verdad que no entiendo”.
No estaba atado ni amordazado. Pero me sentía prisionero. Me parecía ser victima de una marcha forzada a lo desconocido.